lunes, 5 de noviembre de 2012

A priori

Mi padre lleva toda la vida siendo calvo.


Bueno, al menos toda mi vida. Es de esos calvitos entrañables que tienen que raparse de vez en cuando para no tener una esponjosa mata de pelitos alborotados por la coronilla.

De pequeña mi hermano pequeño y yo nos dedicábamos a compararlo con Homer Simpson, “Oh, bebes mucha cerveza, estas rechonchito y eres muuuy vago jaja”. Se reía de estas bromas y todo quedaba en familia.

Nada más lejos de la realidad. Según fui creciendo, conociendo mundo, ampliando horizontes culturales y chocando con distintos enfoques de la vida cotidiana, al final acabé valorando realmente la labor ejercida como progenitor. O al menos intentándolo.


Te ahogas en un vaso de agua


Una y otra vez. Siempre las mismas siete palabras que no hacen más que disgustarme en mis momentos de sentir que la vida no me trata como me merezco. Creo que la primera vez fue aquel verano que terminaba primaria.


“No voy a conocer a nadie. No estoy en clase de mis amigas. Voy a tener un profe distinto para cada asignatura…”. Y entonces, él echaba uno de esos suspiros que todavía sigue haciendo igual que el primer día. A mí se me helaba la sangre para que mi cuerpo aguantara mejor la colisión del sermón paterno y me preparaba interiormente para la que se avecinaba. “Nunca vas cambiar iso de adiantar as cousas antes de que pasen?”.


Y siempre así. En lugar de la solución, me daba los instrumentos que necesitaba para reflexionar y llevar los problemas con una filosofía diferente. Pero con doce años prefería seguir angustiada hasta que las cosas cambiaran. Y de pronto, estaba en cuarto de la ESO con un maravilloso grupo de personas con las que me identificaba, a las que apreciaba, y sin bajar del notable en mi media académica. Pero, eso sí, con otras muchas preocupaciones efímeras que procuraba callar para no escuchar otra vez esas malditas siete palabras que me hacían dudar de todas mis convicciones. Hasta que no podía más. Estoy absolutamente segura de que este problema no tiene ninguna solución, por lo que voy a exteriorizar lo mal que me siento hasta que se me pase solo  y entonces venía ese suspiro y la frase que me taladraba hasta la saciedad. “Ay muller, te ahogas en un vaso de agua”.


“Odio la filosofía. No entiendo lo que tengo que hacer. Me encanta mi profesora pero no me gusta Platón. Es que qué me pide esta pregunta? Me sé cada letra de los apuntes y aun así no puedo aprobar de ninguna manera. Voy a suspender la asignatura. Voy a tener que ir a Septiembre por primera vez en mi vida. En clases sólo me repiten lo que me dicen en el insti. Estoy tan segura de que voy a suspender que creo que voy a abandonar por completo la asignatura. No voy a perder el tiempo si no me va a valer de nada”


“O teu problema e que te ahogas en un vaso de agua. Se os demáis aproban ti tamén podes. Daráseche mellor ou peor, pero como collas esa actitude de non podo, non podo está claro que non vas poder”.


El pan de cada día. Mi perpetuo problema. La realidad de la que no soy consciente. Ese tiene toda la razón que por orgullo o por lo que sea, soy incapaz de interiorizar y asumir como máxima absoluta.

Porque tiene toda la razón. Siempre acierta. Y ahora, más que nunca sólo puedo desear que acierte. Que tenga toda la razón. Que me esté ahogando en un vaso tan sumamente pequeño que ni siquiera pueda contener agua. Que toda esta historia de que no puedo afrontar esta carrera sea imaginación mía. Que sólo son un desfile de profesores desencantados que transmiten sus conocimientos de forma rudimentaria, y que tengo que entender ello como una fuente de motivación para enriquecerme por otros medios y sacar provecho de todo aunque parezca que no lo tiene. Que las clases, exámenes y apuntes no son más que una formalidad para llegar a algo más amplio. Que ningún trabajo puede salirme mal si no le pongo empeño. Que siempre me acuerde de que saqué un nueve en filosofía después de tirar la toalla. Qué sí quiero ser periodista.


Pero no. Por ahora no. Continúo por inercia. Voy a seguir llegando a casa los mediodías sin entender qué hago aquí. Este problema no tiene solución

Y dejo que me arrastre la marea.

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