Bueno, al menos toda
mi vida. Es de esos calvitos entrañables que tienen que raparse de vez en
cuando para no tener una esponjosa mata de pelitos alborotados por la coronilla.
De pequeña mi hermano
pequeño y yo nos dedicábamos a compararlo con Homer Simpson, “Oh, bebes mucha
cerveza, estas rechonchito y eres muuuy vago jaja”. Se reía de estas bromas y
todo quedaba en familia.
Nada más lejos de la
realidad. Según fui creciendo, conociendo mundo, ampliando horizontes
culturales y chocando con distintos enfoques de la vida cotidiana, al final acabé valorando realmente la labor ejercida como progenitor. O al menos intentándolo.
Te ahogas en un vaso
de agua
Una y otra vez.
Siempre las mismas siete palabras que no hacen más que disgustarme en mis
momentos de sentir que la vida no me trata como me merezco. Creo que la primera
vez fue aquel verano que terminaba primaria.
“No voy a conocer a
nadie. No estoy en clase de mis amigas. Voy a tener un profe distinto para cada
asignatura…”. Y entonces, él echaba uno de esos suspiros que todavía sigue
haciendo igual que el primer día. A mí se me helaba la sangre para que mi
cuerpo aguantara mejor la colisión del sermón paterno y me preparaba interiormente
para la que se avecinaba. “Nunca vas cambiar iso de adiantar as cousas antes de
que pasen?”.
Y siempre así. En
lugar de la solución, me daba los instrumentos que necesitaba para
reflexionar y llevar los problemas con una filosofía diferente. Pero con doce
años prefería seguir angustiada hasta que las cosas cambiaran. Y de pronto,
estaba en cuarto de la ESO con un maravilloso grupo de personas con las que me
identificaba, a las que apreciaba, y sin bajar del notable en mi media académica.
Pero, eso sí, con otras muchas preocupaciones efímeras que procuraba callar
para no escuchar otra vez esas malditas siete palabras que me hacían dudar de
todas mis convicciones. Hasta que no podía más. Estoy absolutamente segura de que
este problema no tiene ninguna solución, por lo que voy a exteriorizar lo mal
que me siento hasta que se me pase solo y
entonces venía ese suspiro y la frase que me taladraba hasta la saciedad. “Ay
muller, te ahogas en un vaso de agua”.
“Odio la filosofía.
No entiendo lo que tengo que hacer. Me encanta mi profesora pero no me gusta
Platón. Es que qué me pide esta pregunta? Me sé cada letra de los apuntes y aun
así no puedo aprobar de ninguna manera. Voy a suspender la asignatura. Voy a
tener que ir a Septiembre por primera vez en mi vida. En clases sólo me repiten
lo que me dicen en el insti. Estoy tan segura de que voy a suspender que creo que
voy a abandonar por completo la asignatura. No voy a perder el tiempo si no me
va a valer de nada”
“O teu problema e que
te ahogas en un vaso de agua. Se os demáis aproban ti tamén podes. Daráseche
mellor ou peor, pero como collas esa actitude de non podo, non podo está claro que non vas poder”.
El pan de cada día.
Mi perpetuo problema. La realidad de la que no soy consciente. Ese tiene toda la razón que por orgullo o por lo que sea,
soy incapaz de interiorizar y asumir como máxima absoluta.
Porque tiene toda la razón. Siempre acierta. Y ahora, más que
nunca sólo puedo desear que acierte. Que tenga toda la razón. Que me esté ahogando en un vaso
tan sumamente pequeño que ni siquiera pueda contener agua. Que toda esta
historia de que no puedo afrontar esta carrera sea imaginación mía. Que sólo
son un desfile de profesores desencantados que transmiten sus conocimientos de
forma rudimentaria, y que tengo que entender ello como una fuente de motivación
para enriquecerme por otros medios y sacar provecho de todo aunque parezca que
no lo tiene. Que las clases, exámenes y apuntes no son más que una formalidad
para llegar a algo más amplio. Que ningún trabajo puede salirme mal si no le
pongo empeño. Que siempre me acuerde de que saqué un nueve en filosofía después
de tirar la toalla. Qué sí quiero ser periodista.
Pero no. Por ahora
no. Continúo por inercia. Voy a seguir llegando a casa los mediodías
sin entender qué hago aquí. Este problema no
tiene solución.
Y dejo que me
arrastre la marea.
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